La Doctrina Monroe de injerencia estadounidense en América Latina se dirigía contra una Inglaterra en decadencia. La de Trump, contra influencia de China, una potencia emergente
El pastor John Cotton fue el primero al que se le ocurrió decir, para el tiempo de la colonización de Nueva Inglaterra, que una nación podía avasallar a otra siempre que los amparara “un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas”. Para aquellos puritanos, abuelos fundadores de los futuros Estados Unidos, todo placer estaba vedado; la comida era para nutrirse, el sexo para reproducirse, la ropa no para engalanarse, sino para abrigarse, y las guerras para asegurarse un espacio vital deparado por la voluntad divina....
Esta misión sagrada la pondría en todas sus letras, en 1848, el periodista John L. O’Sullivan para defender la conquista de Texas y Oregón: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia”.
Era el tiempo en que el país original avanzaba hacia el oeste, para adueñarse del territorio continental de más de dos millones de kilómetros cuadrados, lo que le costó a México la mitad de su territorio; o lo compraban a precios de saldo, como Luisiana a Francia y Florida a España.






