El historiador Christopher E. Forth firma una monumental historia cultural de la gordura y de su estigma en Occidente, que resuena en tiempos enfermos de Ozempic
La delgadez también tuvo su utopía. En 1602, el sacerdote dominico Tommaso Campanella se dedicó a imaginarla durante una estancia en la cárcel: su Ciudad del Sol era una república de virtud donde hombres y mujeres debían presentarse desnudos ante una magistratura encargada de decidir sus apareamientos. La reproducción se convertía así en pura ingeniería social: “las gruesas con los flacos y las flacas con los gruesos”, ordenó Campanella, para que una selección natural acabase...
con todos los cuerpos “inmoderados”.
No fue la fantasía aislada de un religioso chiflado. Desde el Renacimiento, emergieron los primeros sueños de gobiernos intrusivos y eugenésicos, determinados a eliminar el sobrepeso de la faz de la tierra, y los manuales para la vida sana y sobria, como el que firmó Luigi Cornaro en 1563, que prometían longevidad a base de regímenes ascéticos. Décadas antes de Campanella, Nicolò Vito di Gozze propuso cerrar las puertas de las ciudades a las personas gordas y exiliar a los adolescentes “muy rollizos”, en nombre de la severidad espartana. Dos siglos después, en la Francia revolucionaria, la gordura fue convertida en signo de corrupción: el clero y la aristocracia eran caricaturizados como masas de carne que habían engordado a costa del hambre del pueblo.







