La realizadora, guionista y fotógrafa se cuestiona la relación actual de la sociedad con los cuerpos. Especialmente con los femeninos
¿Os acordáis de ese cuento de Andersen? Un emperador pasea desnudo por las calles y todo el mundo aplaude su traje invisible porque nadie quiere ser el único que no lo ve. El miedo a parecer tonto es más fuerte que la evidencia delante de los ojos. El miedo a ser el primero, a las represalias… pero todo el mundo es consciente de que en realidad el emperador vive en la locura....
Siento que está pasando algo parecido con nuestros cuerpos. O eso nos están diciendo todas las imágenes que consumimos: caminando por Gran Vía, en las dársenas de autobuses, en los anuncios de Instagram, tu actriz favorita en el estreno de su nueva película, la cantante que anuncia álbum. Están menguando. Cada vez más. Se quedan minúsculas. Vuelve el heroin chic, vuelven Kate Moss y el indie sleaze. Sé que la moda es cíclica, pero no me apetece ya. Una cosa es estar delgada y otra la delgadez impuesta, como mandato, como canon de lo bello. Y hacer como que no hay una diferencia es estar ciega a una realidad que se nos ha impuesto muchos años. No me apetece porque me encantaba que la imagen del desodorante que utilizo fuera una chica que se parecía a mí. A mi prima. A mi vecina. Que algunas campañas me mostraran diferentes tipos de belleza. Ese pequeño acto político por el que las costillas se notaran había dejado de estar de moda; ese gesto que significaba: esto también es bello, esto también existe, este cuerpo también merece ser visto y celebrado. Era imperfecto, claro. Era el capitalismo adueñándose de la positividad corporal. Pero algo se movía y sobre todo y lo más importante: nos recordaba que podíamos existir de muchas formas y maneras.







