No es fácil darnos cuenta, pero vivimos en una cultura autoritaria que impone un control extremo del cuerpo

“Ahí están, más delgadas que la semana pasada, más delgadas que el mes pasado, más y más y más como si hubiera una competición que nadie nombra, pero todas están jugando”, escribía esta semana la directora Chloé Wallace en su cuenta de Instagram sobre el resurgir de la delgadez extrema como ideal dominante en las alfombras rojas. Las actrices son referentes estéticos y culturales, capaces de crear moda (norma) y marcar tendencia...

. ¿A qué cultura representa este canon que impera en la industria? En el caso de los Oscar (EE UU), sabemos que el contexto político dominante es ultraconservador y como tal produce políticas identitarias cada vez más duras y cuerpos cada vez más normativos. Y en el caso de Europa, vamos por el mismo camino estético, que es también político.

Uno de los mitos de la ultraderecha es que hay que obedecer la ley, a pesar de que sus partidos la transgredan continuamente. Y el primer lugar donde los ciudadanos debemos cumplir la ley en sistemas ultraconservadores es el propio cuerpo. Así, un cuerpo delgado es más confiable que uno que no lo sea. Uno más blanco se considera más puro mientras que el más oscuro será percibido como peligroso. Igualmente, un cuerpo joven se considerará más valioso y un pectoral vigoréxico se juzgará más productivo. El autoritarismo corporal no admite disidencia y su triunfo es total. ¿Quiere esto decir que las personas más jóvenes, delgadas o de piel más clara son más conservadoras? Por supuesto que no. Lo ultraconservador es percibir los cuerpos que no cumplen con la norma como identidades deslegitimadas y esforzarnos íntima (o secretamente) en cumplir la ley.