Christopher E. Forth recorre en ‘Grasa’ la relación del ser humano con la gordura, que lejos de ser una forma de discriminación moderna se remonta a cuando Europa dominaba el mundo
Muchos se llevaron las manos a la cabeza cuando Donald Trump anunció que Estados Unidos cerraría sus puertas a personas migrantes con obesidad. Tras la lectura de Grasa (editado en noviembre en España por Plasson e Bartleboom), del historiador estadounidense Christopher E. Forth, quizás no sorprenda tanto. Ya...
en el siglo XVI, “el filósofo Nicolò Vito di Gozze propuso que las ciudades deberían cerrar sus puertas a las personas gordas y monitorizar con detalle los cuerpos de las personas jóvenes, argumentando que no había que escatimar esfuerzos para promover hábitos saludables”. Para ello, incluso proponía un tiempo para dejar de amamantar a los bebés, no fueran a ser demasiado rollizos (18 meses para las niñas, dos años para los niños) y declaraba, inspirándose en la mítica Esparta, que si para los 14 años esos jóvenes no estaban delgados, había que deportarlos.
Es solo una de las numerosas muestras expuestas por Forth, que demuestran que la relación de la humanidad con la grasa –la propia y la de animales, plantas y tierras– es más reveladora de lo que pueda parecer. El suyo es un trabajo concienzudo que va más allá del análisis historiográfico de los cuerpos gordos, aunque se toma su tiempo para explicar que la obsesión por la delgadez es solo una cuestión contemporánea: “El Occidente premoderno no vilipendiaba la gordura como solemos hacerlo hoy, pero eso no significa que los cuerpos gordos se consideraran exentos de problemas o que se celebraran”.






