Para quienes votamos por una transición democrática liderada por autoridades investidas de la voluntad popular, la propuesta de Trump parece intragable

Tras un impactante despliegue militar, finalizó en la madrugada del 3 de enero la usurpación de Nicolás Maduro a la presidencia de Venezuela. La puerta hacia un cambio de régimen se destrancó....

Lo de Venezuela ha sido una crisis infinita, una destrucción absoluta de la modernización que se construyó en el siglo XX. Incluso sus autoritarismos de ese siglo fueron modernizadores. No es este el caso del chavismo-madurismo, vendido por Hugo Chávez como un proyecto de profundización democrática, pero devenido en tiranía anti desarrollo, antidemocrático, antioccidental, y casi anti todos los valores inculcados a la nación desde el siglo XIX. A eso llamaron revolución, y vaya si lo fue: de un país moderno y esperanzado pasamos a ser uno de los más pobres, violentos, desiguales y sin rumbo del continente.

Nuestra crisis, sin embargo, no es sólo nuestra, siendo esta realidad nuestro mayor desafío para abrir la puerta de la transición democrática. Venezuela ha sido un laboratorio donde intereses y reacomodos de la comunidad internacional ensayan relaciones de un nuevo orden mundial. El país y su Estado han sido la guarida de actores que están intentando transformar las relaciones económicas, sociales y geopolíticas materializadas durante la segunda posguerra. Nicolás Maduro y su camarilla cívico-militar se imbricaron con los negocios de mafias mineras, guerrillas colombianas, terroristas del medio oriente, crimen organizado, drogas y autocracias, que quieren imponer un mundo dominado por imperios territoriales a su servicio. Los venezolanos hemos sufrido la exposición a todas estas pavorosas dinámicas.