Sin calendario electoral y retorno de los exiliados, la incipiente apertura venezolana corre el peligro de perpetuar el régimen bajo la tutela de Trump

Más de 100 días después del ataque de Estados Unidos a Venezuela, que propició la captura de Nicolás Maduro y

rack-dtm="">su sustitución por Delcy Rodríguez, el país ofrece una imagen que durante años pareció inalcanzable: cierta apertura económica, señales de reactivación, instituciones que empiezan a moverse, menos miedo inmediato. Todo eso debe reconocerse, pero conlleva una advertencia: el trayecto hacia la normalidad no puede confundirse con el destino de una democracia. Sin un calendario rápido para unas elecciones libres, el peligro es que el régimen se eternice bajo otros nombres y ropajes.

Venezuela ha entrado en una fase que, en apariencia, corrige distorsiones profundas. La economía vuelve a conectarse con el exterior, el aparato estatal se reacomoda, algunas decisiones alivian tensiones acumuladas. Son avances para una sociedad que ha vivido años de emergencia prolongada. Sería un error minimizarlos, pero más aún sobredimensionarlos. La normalidad, tal como se plantea, es un proceso sin garantías. Se pueden estabilizar precios, abrir mercados, reducir el conflicto visible, pero nada de eso asegura derechos cívicos, ni distribuye poder ni establece reglas para la alternancia.