Cuadros y anuncios publicitarios muestran los cambios culturales que han marcado la forma de consumir y entender estos singulares productos de la Navidad

Llevamos horas sentados a la mesa. Ahítos de comida y bebida, llega la hora de la bandeja de dulces navideños, tan innecesaria para el estómago como imprescindible para el ritual navideño. Alargamos la mano de forma mecánica y dudamos si ser radicalmente tradicionales, es decir, elegir turrón duro o fruta escarchada, o lanzarnos con temeridad a las innovaciones de la temporada. Con el dulce entre los dedos, volvemos a preguntarnos: ¿por qué caemos otra vez? Quizás alguien piense que es una costumbre ancestral grabada en nuestro cerebro primitivo hispánico y sonría imaginando a los habitantes de Atapuerca machacando un turrón reseco, mientras el cuñado interpreta la sonrisa como aprobación de su último chiste.

Si nuestra mano se ha decantado por las coloridas frutas glaseadas, quizás el pintor Juan van der Hamen puede darnos algunas pistas sobre su origen y consumo. Frente a su exquisito Bodegón con dulces y recipientes de cristal (1622), descubrimos una fuente con peras sobre las que ha caído un manto de escarcha azucarada, como una fórmula mágica que algún alquimista hubiera inventado para detener el tiempo. Junto a las fórmulas antiguas para conservar alimentos con aceite y vinagre, se sumó desde la Edad Media, gracias a la inestimable ayuda de los árabes, un sublime ingrediente de conservación: el azúcar. Gracias a él, las frutas de primavera y verano podían disfrutarse todo el año, con un dulzor más intenso y una textura crujiente que contrastaba con la conserva.