¿Alguna vez nos hemos parado a pensar si el turrón, mazapán o mantecados realmente nos gustan, o los compramos por inercia? En este ránking totalmente subjetivo se valoran uno por uno
Toda Navidad que se precie tiene sus clásicos. Las broncas con tu tío, la sopa de primero, el discurso del Rey y por supuesto, los surtidos de dulces con mezclas imposibles. Turrones, polvorones, mazapanes, bombones: nada falta en esas bandejas que se miran con recelo e incluso apatía tras copiosas cenas familiares, y precisamente hoy toca diseccionar en un ránking a esos amados y temidos a partes iguales… ¿postres?
El procedimiento para cada dulce será el siguiente: irán apareciendo de peor a mejor todos los candidatos y a cada uno –tras divagar sobre el dulce y criticarlo masivamente o ponerlo por los cielos sin punto medio como acostumbro– le daré una nota de cero a cinco tenedores. Siempre he querido valorar en tenedores. El Comidista no se hace responsable de la aversión del autor de este artículo a estas adorables fiestas. No me han dicho que poner esta aclaración pero creo que es lo justo, teniendo en cuenta lo que se viene. A ver qué les parece.
¿Qué puede salir mal de un dulce hecho a base de almendras, huevo y azúcar; con formas graciosas y que se come de un bocado? Pues absolutamente todo. Los mazapanes son lo más cercano que una persona puede estar de comerse una cera Plastidecor sin comérsela. Es el dulce que menos simpatía me ha generado siempre: no son gustosos, saben regular, la textura es muy desagradable y si siempre son los últimos en quedar en las bandejas de sobremesa será por algo. El origen de este dulce parece que está en la antigua Grecia. Ojalá se hubieran quedado sólo en el tzaziki.






