De chocolate, de queso o de café: esta tradición de espera navideña cuenta con muchas versiones. ¿Cuáles están bien y cuáles no tanto?

Tengo una relación de amor y odio con los calendarios de Adviento. Amor, porque a quien no le va a gustar tener una sorpresa cada día. Odio, porque el marketing ha conseguido convertir una cuenta atrás simbólica –una chocolatina al día, una excusa para alargar la espera de la Navidad– en un negocio desmesurado. Y en muchos casos, en una estafa.

No exagero: cada otoño las tiendas se llenan de cajas que prometen “24 sorpresas gourmet”, “24 experiencias únicas”, “24 momentos de placer”. La mayoría cuestan más de lo que valen: los que son baratos suelen ser mediocres, y los que son caros, a menudo también. Pero el envoltorio brilla, y el ritual funciona: abrir una ventanita al día da sensación de cuidado y de tiempo para uno mismo. Quizá por eso seguimos cayendo.

No todo son fiascos. Algunos productores están haciendo calendarios con sentido y honestos. Por ejemplo, el calendario de café de especialidad de El Noa Noa, tostador de Barcelona, que propone 24 latas con cafés de distintos tostadores, cada uno con su ficha de cata, origen y perfil aromático. Cada lata contiene 20 gramos, es decir, dos tazas por día. En total, casi un mes de café bien hecho. Cuesta 75 euros, que a 1,56 euros la taza es menos de lo que cuesta un café normal en cualquier bar. En mi casa a eso se le llama chollo.