En España, se estima que entre un 4 y un 6% de los menores padece alguna patología relacionada con el consumo de ciertos alimentos. Conscientes de ello, muchos obradores han adaptado su oferta a esta realidad que facilita a las familias disfrutar con seguridad de este dulce tan tradicional en Navidad
Durante años, el roscón de Reyes fue uno de esos rituales que no se discutían. Estaba ahí, ocupando el centro de la mesa, y alrededor se repartían coronas, risas y el pequeño suspense del haba. Hoy, en muchas casas, ese momento se ha vuelto más complejo. No por el relleno —nata o sin nada—, sino por algo mucho más prosaico: quién puede comerlo y quién no. En el desayuno del 6 de enero —y ya toda la Navidad o si no antes—
slamiento-y-otros-efectos-en-la-salud-mental.html" data-link-track-dtm="">conviven intolerancias al gluten, a la lactosa, alergias al huevo o frutos secos, decisiones dietéticas que no son capricho y niños que ya han aprendido a preguntar, leer y mirar antes de probar. El roscón ha pasado de ser un dulce compartido a un posible punto de fricción. Y, sin embargo, también se ha convertido en una oportunidad: la de pensar la fiesta desde la inclusión cotidiana, no desde la excepción.








