El sabor, la textura, el aspecto, el interior y las figuritas hacen que este clásico de las fiestas pueda ser bueno o malo. Aquí te enseñamos a diferenciarlos con criterio
Hace mucho, mucho tiempo, existían unas cosas llamadas “cajas de ahorros”. A mediados de los años setenta, regalaban libros, y algunos de ellos eran rigurosos ensayos de gastronomía e historia con los que todas las familias decoraban el mueble del comedor. En casa, junto a los volúmenes del diccionario enciclopédico Salvat-Alfa, hubo un ejemplar de El libro de la cocina española, un tochaco firmado por Néstor Luján y Joan Perucho. De pequeño, se me grabó a fuego una de las muchas imágenes que lo ilustran: El rey bebe, un óleo del pintor flamenco del XVII David Teniers. La obra representa una celebración familiar de la Epifanía. En la mesa, un tortel o roscón de Reyes a medio comer, y alrededor, hombres y mujeres que festejan.
¿Por qué me llamaba la atención esta imagen? Pues supongo que porque el Día de Reyes era mi preferido del año. Aunque lo era –claro– por los regalos, no por el roscón. A mí, desde siempre, la masa se me hace bola, y el mazapán y la fruta confitada me dan unas arcadas salvajes. Yo me limitaba a los piñones, empapaba el dedo en el azúcar y procuraba agenciarme –le tocase a quien le tocase– la figurita, en especial si era de Baltasar, mi favorito.






