Prepararlos no es del todo sencillo, pero el esfuerzo vale la pena para ocasiones especiales (o para las fiestas que ya llegan). Si sigues los pasos al pie de la letra el triunfo está asegurado

Los suflés en general son una elaboración que tiene mala fama, por complicada. Bien es verdad que los suflés dulces son una cosa delicadita, pero los suflés salados, como los de queso o estos de salmón ahumado, son algo más sencillos que los dulces y quedan riquísimos. Para una celebración especial puede uno jugársela, porque si triunfas ciertamente serás recordado por ello. Lo pondrán en tu lápida: este/a perpetró un suflé delicioso en el año del Señor tal, tal y tal.

Existen varias técnicas para la base de un suflé salado; en esta fórmula la base es una bechamel que se mezcla con yema de huevo y se airea con claras montadas. Como dice el Larousse Gastronomique, “bajo el efecto del calor, el agua contenida en la mezcla se vaporiza, por lo que se levanta e hincha el volumen de la preparación, que debe servirse de inmediato, antes de que vuelva a caer. Un suflé nunca debe esperar”.

Grábate a fuego esta última frase: la base admite que se prepare con cierta antelación, pero las claras hay que montarlas al momento y cocer los suflés enseguida; la cosa requiere planificación y saber montar y mezclar adecuadamente unas claras de huevo.