Solo con yemas, azúcar y agua se prepara uno de los postres más tradicionales de nuestra gastronomía. Su consumo es apto únicamente para paladares muy golosos
Su nombre lo dice prácticamente todo. El tocino de cielo es un postre tradicional cuya creación –dicen– data del siglo XIV en el Convento de Espíritu Santo de Jerez de la Frontera; de ahí lo del cielo. Su textura es muy densa y grasa por su alto contenido en yemas coaguladas con almíbar, y su aspecto liso y uniforme; de ahí lo del tocino.
El sabor de este postre es inconfundible, y me atrevería a decir, no apto para todos los paladares. Quien lo tome ha de disfrutar del sabor intenso de la yema y de las altas dosis de azúcar, y ser consciente de que, por supuesto, es para consumo muy ocasional. Por todo esto es conveniente prepararlo en moldes pequeños –las flaneras individuales valen– o bien en uno grande y luego cortarlo en porciones.
Prepararlo no tiene mayor complicación que tener cuidado con no incorporar aire a la mezcla en ningún momento para conseguir el aspecto característico del tocino y darse un poco de maña con el azúcar para preparar almíbar y caramelo. Puedes obviar este último si no te gusta su sabor, aunque es recomendable ponerlo para evitar que el postre se pegue al molde.






