Los Estados y las empresas han de escuchar a los expertos y tomar medidas para evitar una nueva crisis de salud pública
Las autoridades sanitarias internacionales y los expertos en nutrición han lanzado un grito de alerta acerca de la creciente prevalencia de los alimentos ultraprocesados en la dieta global. No existe aún un consenso sobre qué es un “alimento ultraprocesado” —la OMS ha iniciado la convocatoria de una comisión de expertos para establecer sus criterios sobre el tema— pero las definiciones más consistentes afirman que se tratan de productos elaborados a base de materias primas ya preparadas a los que se incorporan aditivos para mejorar su sabor o facilitar su preparación o conservación. La popularidad de este tipo alimentos no es difícil de explicar. En las economías más desarrolladas, las características del mercado de trabajo hacen que cada vez más personas carezcan de tiempo para cocinar. En el mundo en desarrollo (donde más crece el consumo), la creciente urbanización hace atractivas la comodidad y el prestigio de los alimentos ultraprocesados. Y, en todas partes, la industrialización hacen que sean en muchos casos más baratos que los ingredientes frescos.
En la revista médica The Lancet, 43 expertos advierten que los efectos están siendo devastadores. Tras revisar 104 estudios publicados entre 2016 y 2024, el consumo de ultraprocesados se asocia a una ingesta excesiva de calorías, baja calidad nutricional y mayor exposición a sustancias químicas y aditivos potencialmente nocivos. Todo esto lleva a un incremento de los casos de enfermedades como la obesidad (que ya es una epidemia y la forma más común de malnutrición en el planeta entre niños y adolescentes), hipertensión, diabetes y enfermedades cardiovasculares.














