Los alimentos ultraprocesados se han convertido en perversos villanos en los debates sobre nutrición. A las patatas fritas, las comidas preparadas y los refrescos, entre productos fabricados industrialmente, se les culpa de una amplia gama de problemas de salud actuales, desde la demencia hasta la obesidad y la epidemia de “adicción a la comida”.
Es más, algunos expertos sostienen que están “formulados específicamente y comercializados de forma agresiva para maximizar el consumo y los beneficios de las empresas”, secuestrando los sistemas de recompensa de nuestro cerebro para hacernos comer más allá de nuestras necesidades.
Los responsables políticos han propuesto intervenciones audaces: etiquetas de advertencia, restricciones de comercialización, impuestos e incluso prohibiciones totales cerca de las escuelas. Pero ¿en qué medida esta urgencia de acabar con los ultraprocesados se basa en pruebas sólidas?
Mis colegas y yo quisimos dar un paso atrás y averiguar qué es lo que realmente hace que a la gente le guste un alimento concreto. Y también qué les impulsa a comer en exceso, no solo a disfrutarlo, sino a seguir comiendo después de haber saciado el hambre. Trabajamos con más de 3.000 adultos del Reino Unido y con más de 400 alimentos cotidianos. Lo que descubrimos cuestiona la narrativa simplista de los alimentos ultraprocesados y ofrece nuevos matices que nos pueden ayudar a avanzar.






