Pese a presentarse como defensores del pueblo, tantos nacionalpopulistas favorecen sobre todo a los ricos
El Gobierno italiano, encabezado por Giorgia Meloni, ha diseñado su proyecto de presupuesto, que ahora se tramita en el Parlamento. Cuatro instituciones independientes, que afortunadamente siguen siéndolo —el Banco de Italia, el Instituto de Estadística, el Tribunal de Cuentas y la Oficina Parlamentaria de Presupuestos—
08-euro-a-dirigenti-23-a-operai-i-conti-di-istat-e-bankitalia-3ac57679-da66-42ff-90ab-d7fd59b88xlk.shtml" data-link-track-dtm="">han coincidido en señalar a los parlamentarios que el presupuesto, y en concreto su reforma del IRPF, favorece a las clases más altas.
El episodio invita a reflexionar sobre un recurrente rasgo sustancial de las ultraderechas occidentales escondido detrás de retóricas incendiarias y maniobras de distracción: ser Robin Hoods al revés, que favorecen a los ricos. Algo asombroso cuando se piensa que tantos de ellos se postulan como irreductibles defensores del pueblo sencillo ultrajado por las elites globalizadas. La verdad es que mucha ultraderecha favorece a los ricos y hunde a las clases populares.
El presupuesto de Meloni es solo un ejemplo. En Alemania, por ejemplo, el galopante AfD lleva en su plataforma política propuestas de abolición o reducción de impuestos que, según expertos independientes, son claramente favorables a los ricos. En el Reino Unido, Nigel Farage planteaba en su programa para las últimas elecciones legislativas un descomunal recorte de impuestos por valor de 100.000 millones de euros anuales, que obviamente habría destrozado la capacidad de proveer servicios públicos. Esta semana ha pronunciado un nuevo discurso en el que, empezando a creer que tiene opciones reales de alcanzar el poder, matizó ese planteamiento bombástico. Pero una piel de cordero sobrepuesta no esconde los instintos de lobo.














