La educación sigue siendo el único escudo para frenar la marea de emociones y liturgias que está marcando el curso de la política actual
El avance de la extrema derecha se sostiene sobre todo en la demonización del inmigrante y en cultivar los miedos de unas poblaciones frágiles a que vengan los de fuera y se los terminen merendando. Pero esos temores no llegarían tan lejos sin
eventar-la-ue.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/opinion/2025-11-01/la-bomba-que-puede-reventar-la-ue.html" data-link-track-dtm="">el efecto distorsionador de las redes sociales. Los móviles, que han permitido que cientos de miles de personas que habitaban en los márgenes del sistema se incorporen a cualquier tipo de disputa o debate público, están repletos de mensajes emocionales, breves y entretenidos, llenos de guiños y de chanzas, que facilitan la identificación con una causa o con un mensaje, que explotan cualquier debilidad o ansiedad, que hacen piña.
Y estos nuevos cómplices conectados por los dispositivos electrónicos, estas flamantes comunidades de entusiastas, también votan. Ante quienes pueden acudir a las urnas espoleados por el ruido de sus entrañas, se consideró desde siempre que el mejor antídoto es la educación, cultivar el espíritu crítico, distanciarse del rebaño. Es el cuidado de esta formación, la de los más jóvenes y la de los habitualmente marginados, lo que está hoy en crisis en todas las sociedades. Como si se hubiera preferido, antes que el conocimiento y tener criterio propio, el entretenimiento y el calor de la tribu. Este viraje, si es que se trata de un viraje y las cosas no han sido siempre así, se sostiene en una profunda desconfianza en el sistema. Sálvese quien pueda, esa es la única fórmula que tiene hoy recorrido.






