El descrédito y la ridiculización del razonamiento y la evidencia científica, aplicados en este caso a la educación, han llegado a nuestro país y requieren una respuesta

Populismo nacionalista y desconfianza hacia las instituciones públicas, emocionalización del discurso y simplificación de los mensajes, ridiculización de la evidencia y las voces expertas, crítica a los valores de igualdad y reconocimiento cultural, sacralización de la meritocracia, del esfuerzo y del talento, “chovinismo del bienestar” (sólo los grupos nacionales son clientes legítimos de los servicios públicos)… Estos son algunos de los rasgos que

a-estados-unidos-de-la-unesco-por-discrepancias-con-sus-politicas-sociales-y-culturales.html" data-link-track-dtm="">el trumpismo político aplica al diagnóstico de los problemas sociales y a la supuesta solución de sus males. No son recetas nuevas, pero sí atraviesan hoy un proceso de magnificación y difusión. Resuenan con fuerza creciente en las agendas y en los gobiernos de no pocos países, y sobre todo calan en los debates públicos y en las conversaciones cotidianas en torno a múltiples ámbitos de la política.

Algunas declinaciones del debate actual sobre la educación en España tienen claros tintes trumpistas. Son básicamente tres: el antiintelectualismo y el descrédito de la investigación educativa, la individualización del éxito y el fracaso escolar, y la oposición frontal a toda forma de regulación del mercado escolar. Mi tesis es que estos posicionamientos se están actualmente aprovechando de otras voces del debate educativo –concretamente de aquellas que dibujan un panorama apocalíptico del estado de la educación– para alimentar una suerte de “tormenta perfecta” que erosiona el sentido y el proyecto de la educación pública en nuestro país.