El regreso a la Casa Blanca de Donald Trump en enero de 2025 ha creado un discurso de “nacionalismo sanitario” que ha generado desconfianza ante las instituciones, la ciencia y la prevención
Durante décadas, la salud pública fue uno de los pocos espacios donde la cooperación internacional logró imponerse a la lógica de bloques. La vigilancia epidemiológica, la investigación biomédica y la respuesta ante emergencias se construyeron sobre una premisa simple: los riesgos no reconocen fronteras. Cuando esa lógica se subordina a proyectos políticos nacionales, las consecuencias rara vez se detienen en un solo país.
Desde su regreso a la Casa Blanca en enero de 2025, Donald Trump ha ido trasladando de forma progresiva al ámbito sanitario la misma matriz ideológica que definió su proyecto político desde 2015. Bajo el lema Make America Healthy Again (MAHA), formulado como extensión natural del conocido Make America Great Again (MAGA), la nueva administración ha articulado un discurso que combina nacionalismo sanitario, desconfianza hacia las instituciones y una lectura ideológica de la ciencia, la prevención y la asistencia sanitaria.
No se ha tratado de una reforma técnica del sistema, sino de un desplazamiento conceptual. La salud ha dejado de entenderse como un bien público sustentado en evidencia y cooperación para convertirse en un terreno más de confrontación cultural y política. Con el paso de los meses, los efectos de ese giro se han hecho visibles en el interior del país y comienzan a proyectarse sobre una arquitectura sanitaria global cada vez más interdependiente y frágil.






