La estrategia de las autoridades sanitarias de EE UU trata de minar la élite de las instituciones sanitarias para debilitarlas por su oposición al ‘populismo científico’ de su gobierno
En abril de 2020, en la peor fase de la pandemia, cuando las muertes diarias se contaban por decenas de miles y aún no había señales en el horizonte de las vacunas, Donald Trump dejó clara su peculiar forma de entender la medicina y el conocimiento científico al defender, con pocos días de diferencia, la hidroxicloroquina —un antimalárico—, “la luz solar” e incluso “inyecciones de desinfectante” como estrategias para acabar con la peor crisis sanitaria en lo que va de siglo.
Los argumentos usados por el presidente de Estados Unidos, entonces en su primer mandato, no eran muy sofisticados. “Creo que es bueno, he oído muchas historias positivas sobre ello. Y, si no es bueno, se lo diré igual”, afirmó en mayo al anunciar que llevaba dos semanas tomando hidroxicloroquina. “Supongamos que traes esa luz dentro del cuerpo, a través de la piel o de otra manera. Después tenemos el desinfectante, que lo deja KO en un minuto, ¿hay alguna manera de que podamos hacer algo así con una inyección? [...] Sería interesante probarlo”, había dicho unos días antes para resaltar la necesidad de investigar sobre la luz solar y productos como la lejía.














