Algunas esperan hasta 15 meses para obtener una cita en las oficinas, un proceso que les deja sin trabajo ni coberturas esenciales

Tres mujeres ilustraron este lunes en el Congreso con sus propias desventuras las dificultades para acceder al asilo en España, las citas que no llegan y los procedimientos que se alargan poniendo en peligro unas vidas sostenidas con alfileres. María Galiego Calate, llegada desde Guatemala en 2019, bajaba la voz para contar el día en que ya no tenían para comer ella y sus hijos. En España la sorprendió la pandemia y entró a trabajar en la zona más peligrosa para el contagio de una residencia geriátrica, pero un asilo denegado la dejó sin trabajo. Hoy está a punto de recibir su DNI, pero aún no sonríe del todo, porque falta el de sus hijos, que en estos años alcanzaron la mayoría de edad y ya no disponen del cobijo de la madre para ese trámite. “No queremos ayudas, queremos trabajar y pagar impuestos”, dice.

Galiego Calate perdió a su padre en el genocidio guatemalteco que comenzó en 1960 y se alargó 36 años. Su madre, Ana Calate, fue pionera en la larga búsqueda de aquellos desaparecidos y ganó en tribunales internacionales una dura sentencia contra su país por los desmanes militares. Aquel triunfo ha perseguido a la familia desde entonces. Pero no es solo la violencia política, sino las muchas que se ceban con las mujeres en las dictaduras las que las obligan a abandonar sus países y buscar refugio en otros. Lo contaron también la nicaragüense Nora Rugama y la cubana Marta Ramírez, todas ellas bajo el paraguas de la Asociación de Mujeres de Guatemala, que ha acompañado sus casos en la pelea con la Administración española.