Esther Soto le dijo a su marido estadounidense que se marchara de su casa en Miami el 8 de agosto de 2024, cuando el hombre pasó de las amenazas a arrojarla contra una mesa y herirle un brazo y una rodilla, según declaraciones de la mujer recogidas en un parte de lesiones del centro sanitario Bautista de Key Biscayne. Tres días después, quien salió esposada de esa casa fue esta sevillana de 45 años: Soto no tenía permiso de residencia y su marido había llamado a la policía. La mujer pasó 14 días detenida y luego fue liberada con una tobillera electrónica, pero lo peor llegó meses después, con Donald Trump ya en la Casa Blanca. El pasado 28 de enero, Soto fue detenida de nuevo cuando acudió a una cita en una oficina de inmigración. Hasta su deportación el pasado sábado, permaneció seis meses en centros de detención e incluso en la cárcel de Orlando. En uno de esos centros, durmió en el suelo y sin apenas recibir comida ni agua. Durante un traslado, permaneció 30 horas esposada, explica por teléfono con la voz rota.
Desde el municipio sevillano de La Algaba, Esther Soto describe seis meses de “tortura”, en los que fue tratada como “una delincuente”, a pesar de que su vida en EE UU ―llegó en 2019 con un visado de turista― había sido “normal”. Trabajaba en un negocio de productos gourmet españoles, “pagaba los impuestos” ―los inmigrantes sin papeles pueden hacerlo en ese país― y había estado casada con un “veterano del ejército”, antes de contraer matrimonio en segundas nupcias.






