Al negarse a nombrar un jefe del Ejecutivo de la izquierda, el presidente contribuye a agravar la ingobernabilidad

Sin solución de continuidad, la crisis institucional francesa avanza como si nadie tuviera la capacidad de detenerla o de ofrecer un antídoto. La acusada fragmentación del panorama político en tres fuerzas antagónicas, pese a las coaliciones coyunturales entre los bloques principales, está tocando fondo por las divisiones existentes tanto a la derecha como a la izquierda: el centro de los macronistas y la derecha reformista, la extrema derecha, y ...

la izquierda descompuesta por La Francia Insumisa, el Partido Socialista, el Partido Comunista y los ecologistas. Tan solo la agrupación de Marine Le Pen presenta una unidad coherente, lo que no es de extrañar. Este caótico campo de batalla es signo de la erosión paulatina de la legitimidad de la representación política desde hace más de una década, y resultado de un singular presidente de la República, Emmanuel Macron, que, elegido por primera vez en 2017, es ahora también primer ministro de hecho, con el nombramiento por segunda vez de Sébastien Lecornu, obediente “monje soldado”, como él mismo se califica. En su segundo mandato, que comenzó en 2022, Macron ya ha nombrado a cinco primeros ministros, incluidas las dos veces de Lecornu, como si los ofreciera en sacrificio de su inconsistencia política al rechazo inevitable de la Asamblea Nacional.