Los actuales propietarios del legendario restaurante de Manhattan gestionan con respeto y sensatez un local único que resiste a la especulación
Pocos lugares en la Gran Manzana tienen tanta leyenda como The Russian Tea Room. ¿Qué es verdad y qué es mentira de todo aquello que se cuenta sobre él? ¿Realmente Madonna fue despedida después de dos semanas trabajando en el guardarropa? No suena descabellado. ¿Escribió Leonard Bernstein allí los primeros compases de su famoso Fancy Free en una servilleta? Probablemente. ¿Sirvió comida y bebida en delantal el mismísimo Zero Mostel en un acto de extravagancia? Eso...
dicen. ¿Se aparecía de vez en cuando el fantasma de Anastasia, la hija del zar Nicolás II, en plenas obras de renovación? Eso suena más inverosímil. Pero también que escondan un grandísimo acuario giratorio con forma de oso polar y un árbol con huevos de Fabergé en la segunda planta y una maqueta de varios metros del Kremlin en la tercera, y damos fe de que es verdad.
“No te diremos qué chagalles son auténticos y cuáles no”, explica entre risas Isabella Biberaj, jefa de operaciones del local e hija del dueño. Más seria se pone cuando habla de la presencia de fantasmas, que le consta que sí se pasean por las cinco plantas del edificio. “Nuestra intención como propietarios es que todas sus vidas anteriores sigan teniendo espacio”, dice entre metafórica y literal.






