El local de 1909 mantiene el nombre, la esencia y gran parte del ajuar con el que trabajaba su anterior propietario, pero ahora en vez de recipientes para vino se hacen simposios, proyecciones, catas, exposiciones o conciertos. En poco más de un año se ha formado una comunidad de más de 140 socios
El taller de Julio Rodríguez ostentaba hasta 2020 el honor —o el pesar— de ser la última botería de Madrid. Nada que ver con el calzado, sino con los tradicionales recipientes elaborados con piel de cabra para conservar líquidos como el aceite y, principalmente, el vino. “Casi todos los días entra alguien preguntando si hacemos bota...
s de vino”, reconoce Verónica Jorge Hernándiz, la violinista valenciana de 45 años que desde hace uno posee las llaves del establecimiento. La respuesta es que no, ya no se hacen botas, pero la duda es comprensible porque la fachada exterior del local apenas ha cambiado desde que el taller se estableció en el barrio de La Latina en 1909, cuando el abuelo de Julio se inició en el oficio como aprendiz. Tras la inesperada muerte del nieto, la botería se quedó sin sucesor. Su hija, Alicia, tardó años en decidir qué hacer con el espacio, hasta que la idea de Verónica la convenció. “Con el tiempo, algún vecino me ha contado que tenían mucho miedo de que Alicia pusiera aquí una lavandería o un piso turístico”, cuenta la nueva inquilina.






