Durante los años del ‘procés’ no se hablaba ni de inmigración ni del estado de la lengua

El fracaso del procés ha traído una enorme frustración entre quienes creyeron, como fervientes seguidores de una religión laica, que la independencia de Cataluña estaba “a tocar”. Quedó patente que todas esas figuras vociferantes que animaban a las multitudes a saltarse la ley tenían los pies de barro y estaban en la política por sed de poder y no por otra cosa. Y es que los líderes mesiánicos siempre se mueven por un interés mucho más mundano que los elevados principios que difunden. ...

Durante los años del procés no se hablaba ni de inmigración ni del estado de la lengua. En el primer caso porque ERC decidió que había que “ensanchar la base” del independentismo convenciendo a los “nuevos catalanes” de que se adhirieran a la causa, y el sector de Junts —heredero de una CiU en cuyo ideario se puede rastrear la semilla de Aliança Catalana— debió dejar para la República venidera sus principios esencialistas y clasistas.

En cuanto a la lengua, los que llevamos usándola, defendiéndola y creyendo en la necesidad de cuidarla, teniéndola como patrimonio propio, vivimos con frustración la dejación de funciones de la Generalitat en este terreno. De hecho, los precursores del Junts que ahora ha impuesto el pinganillo en el Congreso recortaron en cursos de catalán para adultos y en política lingüística y desmontaron lo poco que había empezado a hacerse en materia de integración de la inmigración. Esos mismos que abandonaron la política real por la quimera de una Ítaca en la que, nos dijeron, comeríamos helado cada día, ahora se rasgan las vestiduras por la salud del catalán y temen la sustitución demográfica.