“Lo que siento en todo momento es que nos silencian, que no nos quieren escuchar, quieren hacer leyes sin tenernos en cuenta”. Esto que pronuncia Lea Ferrer, una prostituta de 36 años, lo hacen de diversos modos unas cuantas más de esas mujeres que, insisten, lo son porque lo han decidido ellas, “cada una por sus circunstancias”, pero ellas. Por eso creen que
link-track-dtm="">quienes quieren legislar contra lo que entienden como su “trabajo” deberían “como mínimo” escucharlas: qué piensan, cómo viven o cuáles son esas circunstancias, “muy distintas”, que las atraviesan.
Con Ferrer, la mañana de este lunes, hay otras cinco mujeres y un hombre sentadas en un salón de un club en Madrid capital, donde se acordó esta entrevista múltiple. Entre ellas Ariel, una venezolana de 23 años que llegó a España hace dos y medio y el trabajo en estética no le fue tan bien como esperaba; y Antonella, de 35 y también de Venezuela, con la petición de asilo en trámite y que con el dinero que gana pueden vivir ella y sus dos hijos, aun en su país de origen; o Dalia, colombiana de 28 que llegó hace una década y por más que ha estudiado y trabajado hubo un momento en que vio la prostitución como “un puente temporal”.






