Ninguna mujer debería tener que poner su cuerpo al servicio del deseo masculino para sobrevivir y el feminismo no puede convertirse en un gestor amable del mercado sexual
Cada cierto tiempo, la prostitución vuelve a aparecer en el debate feminista presentada como un supuesto dilema moral. Y casi siempre con la misma escenografía: una historia individual elevada a verdad universal; una mujer convertida en excepción que pretende desmontar el análisis estructural; y un feminismo retratado como rígido, dogmático o desconectado de la “vida real”. El artículo sobre Georgina Orellano ―publicado en Ideas el pasado 9 de febrero― encaja, punto por punto, en ese guion ya conocido.
La verdad es que no estamos ante un debate honesto sobre “escuchar voces”. Estamos ante algo bastante más concreto: una operación política que busca redefinir la prostitución como trabajo y, de paso, desactivar su lectura como violencia sexual estructural. Y para ello se recurre a una estrategia muy eficaz: enfrentar experiencia a teoría, cuerpo a pensamiento, calle a análisis feminista. Como si el feminismo no hubiera nacido, precisamente, del cuerpo vivido, del dolor encarnado, de la experiencia directa de millones de mujeres explotadas sexualmente.






