La exprostituta argentina cuestiona el feminismo abolicionista y propone una mirada desde la autonomía del cuerpo

Uno de los mejores recuerdos de Georgina Orellano (Buenos Aires, 39 años) es sentarse en un bar, cerca de la esquina donde solía ejercer la prostitución, en el barrio porteño de Villa del Parque al norte de la capital argentina, a comer con sus amigas. Antes de comenzar la jornada, ella y las mujeres con las que compartía la calle se reunían a tomar algo, a hablar de sus días y del vecino que, tras haber sido cliente, quería echarlas. Era el año 2009, y en una de ...

esas tardes fue la primera vez que Orellano y sus compañeras se unieron para defender sus derechos.

Las amenazas y la coacción alcanzaron tal nivel que incluso la policía intentó extorsionarlas. “Se querían aprovechar de nuestra vulnerabilidad y de la falta de conocimientos”, relata por videoconferencia. Fue entonces cuando la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (­Ammar) llegó a su auxilio, un sindicato que agrupa a miles de trabajadoras sexuales. Hoy, Orellano preside la organización. Y no solo es la cara visible de una lucha laboral. Es la reivindicación de los conceptos con los que prefiere describirse: feminista y puta, madre y sindicalista. En su figura se condensa una de las preguntas que desordena los “marcos morales” del feminismo: ¿puede una trabajadora sexual ser sujeto político de su propia liberación?