Las vallas publicitarias les prometieron habitar la “capital del futuro”, pero más que progreso, se encontraron un chasco. Bloques de hormigón sobre descampados. Pisos minúsculos, sin ascensor, con techos bajos y materiales humildes. Era su casa y salía agua del grifo, pero no se podía beber ni usar para cocinar. Hubo quien se angustió por la falta de vida cuando se asomó por primera vez a su ventana: la capital del futuro venía con vistas a la nada. “Esto estaba pelado. Solo barro, obra y bloques de hormigón. Aquí decíamos que estábamos más cerca de Madrid que de Sevilla”, dice riendo Maribel Cruces, vecina de Parque Alcosa, sentada en uno de los bares del barrio, en la plaza Padre Castro a finales de mayo.

Su piso en el extrarradio conforma una de las 50.000 viviendas que se construyeron en los setenta en la periferia de Sevilla. Edificios para alojar, sin infraestructura ni servicios, a la mano de obra barata que requería la ciudad. “En el barrio no teníamos ni médicos ni tiendas ni guarderías ni nada. Por eso tuvimos que organizarnos juntas y reclamarlo. Algunas ya sabíamos cómo hacerlo. Empezamos trabajando en fábricas desde niñas, así que crecimos asistiendo a reuniones del partido comunista y politizadas en la clandestinidad”, cuenta en la misma terraza Julia Gutiérrez, vecina y amiga de la zona.