La movilización social conecta los casos de dos mujeres que se han convertido en el rostro de la ciudad contra la especulación
Ha dedicado los últimos días a descansar. No es para menos. Porque, a sus 87 años, la edad en la que otros se dedican a vivir una vejez apacible, a Maricarmen Abascal le ha tocado gritar, protestar y dar infinidad de entrevistas. Durante una semana, cuando se encendía la televisión aparecía ella. Todo, para
"https://elpais.com/espana/madrid/2025-10-29/maricarmen-celebra-la-suspension-temporal-de-su-desahucio-y-encara-a-almeida-yo-si-tengo-verguenza-a-otros-les-falta-mucha.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/espana/madrid/2025-10-29/maricarmen-celebra-la-suspension-temporal-de-su-desahucio-y-encara-a-almeida-yo-si-tengo-verguenza-a-otros-les-falta-mucha.html" data-link-track-dtm="">seguir viviendo en la casa en la que ha vivido siempre, la que compartió con sus padres y con su hermano, la que la ha visto crecer. Todo, para impedir que, a sus 87 años, la desahucien.
“¡Maricarmen se queda!”, gritaron muchos el pasado miércoles en el distrito madrileño de Retiro, cuando un juzgado decidió aplazar su lanzamiento. Porque Maricarmen es mucho más que un caso aislado: es el símbolo de una ciudad contra los desahucios. No es el único. Hace siete años, en 2018, lo fue Pepi Santiago, una vecina de la calle de Argumosa, 11, en la zona de Lavapiés, que fue su hogar durante dos décadas. Pero su historia terminó mal para ella y para quienes la apoyaron. Con 65 años, tras 12 intentos de desahucio, Pepi acabó en la calle. El Sindicato de Inquilinas lo recuerda perfectamente porque aquel episodio, aquella lucha, ayudó a impulsar por otro lado la actual ley de Vivienda. Ha llovido desde entonces, aunque muchas cosas siguen igual.






