Hay quien dirá que es porque somos el país más putero de Europa, quien culpe al heteropatriarcado y quien lo achaque a la riqueza del castellano; supongo que cualquier diagnóstico depende, en última instancia, de la caridad que haya en el ojo de quien lo emite. El caso es que en español tenemos 101 maneras de referirnos a las prostitutas. Así lo ratificó la artista Joana Baygual, que en 2017 publicó Puta, un diccionario ilustrado.

Pues bien: ninguna parece servirle a algunos medios y colegas periodistas, que siguen hablando de las amigas o las novias de Ábalos y Koldo. Quiero pensar que no es por remilgos victorianos sino por cuestiones legales, pero un compañero llegó a decirme que evitaba llamarlas prostitutas porque “quizá ellas no se sentían así”. Me quedé muda; me recordó a cuando mi padre bromeaba diciendo que él no era cartero sino técnico de reparto a pie.

Hay quien se refiere a ellas, seguramente con buena intención, con el genérico “mujeres”. Como Rosa Villacastín, que la semana pasada escribía en X que “escuchar los audios de Ábalos y Koldo hablando de mujeres da verdadero asco”. Y claro que da verdadero asco, y claro que hablan de mujeres, pero no de mujeres cualquiera ―paradójicamente, pues cualquiera es uno de los sinónimos recopilado por Baygual―: Ábalos y Koldo hablaban de prostitutas. Y lo menos grave que hacían esos dos pájaros en relación a ellas era hablar así. Según el abolicionismo, una de las ideas fundamentales del feminismo del PSOE, lo que venía después era pagar por violarlas.