Hay ensayos que funcionan como un universo perfectamente ordenado y cerrado. En ellos, su autor nos ofrece todas las piezas que necesitamos para conocer un mundo complejo y los lectores, simplemente, tenemos que decidir cómo ordenarlas a base de reflexión. Otros, sin embargo, esbozan multitud de caminos, bosquejan asuntos posibles y dejan que escojamos con cuál de ellos quedarnos, a partir de nuestras propias ideas, inclinaciones o vivencias. Son ensayos que producen un efecto más de poemario que de sesudo tratado. En este segundo grupo se enmarca, sin duda, Breve tratado cocinado a fuego lento, del poeta y novelista francés Jean-Pierre Ostende.
Como todos los comienzos, el suyo es también una declaración de intenciones. El menú propuesto en este breve texto arranca por el final, por la sobremesa. Ostende nos invita a un té, pero no a uno cualquiera: un ataya, un té tradicional de Senegal que se sirve tres veces, de forma que, en palabras del autor, el primer trago sabe “amargo como la muerte”; el segundo, “dulce como la vida”, y el tercero, “almibarado como el amor”. Con ese contraste extremo de sabores en los labios, el lector ya está preparado para el viaje que se le propone y para el que es inútil activar el Google Maps. Mejor, simplemente, dejarse llevar.






