El primer ministro de Francia, François Bayrou, seguía el jueves en su despacho del Palacio de Matignon. Pero, como ocurre en esas situaciones rocambolescas y faltas de toda corrección política, sus colegas hablaban delante de él como si no estuviera presente, como si ya se hubiera ido. Su caída está tan descontada, que se ha vuelto invisible para la clase política y la opinión pública francesa. Su mandato concluirá el lunes, en la sesión parlamentaria que él mismo convocó para someterse a una moción de confianza que nadie había solicitado. Un suicidio político. Y ahora solo importa qué ocurrirá el minuto después: elecciones o un nuevo gobierno. La novedad es que su sucesor en Matignon, después de ocho años, podría ser del Partido Socialista (PS).
Francia no tiene un primer ministro socialista desde Bernard Cazeneuve, que ocupó fugazmente el cargo entre diciembre de 2016 y mayo de 2017, al final de la presidencia de François Hollande. Después de él, con la llegada de Emmanuel Macron al Elíseo, ningún jefe del gobierno ha procedido del PS, el mismo partido que alumbró la carrera política de Macron. Pero ante el bloqueo que paraliza la política francesa desde que el jefe del Estado convocó hace algo más de un año unas elecciones legislativas que configuraron una Asamblea Nacional extremadamente fragmentada, en el Elíseo creen que ha llegado el momento de mirar hacia las filas socialistas. O al menos explorar esa posibilidad.














