¿Por qué huyen? Se preguntaba mi hermana mientras veía echar a correr a los mal llamados “manteros”, al ser perseguidos por la policía. Me esforcé en encontrar la mejor respuesta mientras caminaba por el paseo marítimo. Primero me acordé de cómo hace unas décadas éramos nosotros los que escapábamos de un régimen totalitario como los que ahora existen en buena parte de África. Pensé en sus países de origen, devastados por guerras civiles debidas en su mayoría a las exigentes demandas de materias primas por los países occidentales. Luego recordé la ineficaz Administración, incapaz de expedir permisos de trabajo que podrían otorgar la posibilidad de optar a un empleo digno. Por último, recabé en los mensajes xenófobos y supremacistas que impregnan las redes. Tras mucho pensar mi respuesta, resumí a mi hermana: “Huyen porque tienen miedo, mucho miedo”.
Samuel Gómez Rico. Daimiel (Ciudad Real)
Cada verano vemos cómo las llamas arrasan nuestros montes y hogares. Durante unos días hablamos de la tragedia y nos conmovemos. Pero, cuando el humo se disipa, llega lo peor: el olvido. Y este quema más que el propio fuego, puesto que deja a los pueblos solos, rodeados de cenizas y de un cruel silencio que resuena a indiferencia. Los vecinos que lo pierden todo siguen luchando mucho tiempo después. Si no aprendemos a recordar y cuidar, cada incendio será doble: el de las llamas y el del olvido. Sería preciso permanecer junto a los que sufren más allá de los días de humo y titulares. De lo contrario, el olvido nuestro será otro incendio, más insidioso y cruel que las propias llamas.






