Me gustaba mucho la idea. Llevaba dándole vueltas varios meses. Y ahora sí que me sentía capaz —total, he podido criar a un hijo y la cosa ha ido más o menos bien—. Así que sí, lo veía factible. Mucho. La idea ocupaba todos los días un ratito en mi cabeza.

Pero lo justo es que os ponga en antecedentes. En mi casa nunca hemos tenido animales. La relación más parecida que tuve con uno duró muy poco. Muy poco. Mucho.

A nuestra vecina de la playa, Laura, le regalaron un patito azul. Mi hermana y yo, sentadas en la acera de la playa de Mar de Cristal bajo una farola rota en los tardíos ochenta, hablábamos con Laura de la suerte que tenía por ese regalazo viviente. “Jo, tía, encima azul, el mejor color. Por ahí tiene una calva, pero dice mi hermana Mariajo que se puede volver a pintar”. El patito, supongo que harto de tanto sobeteo a unos treinta y tantos grados a las diez de una noche de agosto en Murcia, correteaba entre nosotras sin dejarse achuchar. Recuerdo que, de un impulso, me puse de pie —ahora supongo que cansada de alabar la suerte de mi amiga y con ganas de volver a casa—. Pero ese segundo de levantada resultó ser eterno. Debajo de mi pie izquierdo, ya firme en el suelo, apareció, de pronto, el patito de mi amiga. Esclafat. El animal falleció en el acto. Sin sonido. Sin crujido. Sin lamento. En ese momento cotidiano de verano maté al objeto de deseo de tres niñas de ocho años. Apechuga con eso. Ni el entierro en una caja de zapatos en un descampado mirando al mar, ni la sustitución del patito azul por otro rosa —no quedaban más— me han hecho olvidar hasta ahora los peligros del deseo. Ni mi fuerza descomunal.