Nació un día de primavera. Era un martes. Pesó poco más de dos kilos. La ginecóloga dijo que era pequeñito pero estaba sano y fuerte. Tenía los ojos claros, una capa de bello fino le cubría el cuerpo y se movía de una manera que emanaba toda la paz del mundo. Le pusieron Martí.

Los primeros días dormía mucho, muchísimo. Siempre pasa con los bebés. Nacen cansados de nacer, agotados tras el esfuerzo de entregarse a la vida. Luego, ya con energías renovadas, olvidan cómo dormir. Y luego, más tarde, años más tarde incluso, lo aprenden de nuevo. Aprenden a dormir como aprenden a comer, a andar, a hablar y la tabla del siete (la más difícil sin lugar a dudas). Al final, lo aprenden todo. Pero al principio es siempre una sorpresa que no sepan de nada.

Para Pablo y Berta esa sorpresa, sin embargo, no era mayúscula. No podían entregarse a ella del todo porque antes de Martí ya habían tenido una hija. A ella la habían llamado Alba. Cuando Martí llegó al mundo, Alba sabía dormir, comer, andar y hablar. Lo de la tabla del siete lo tenía pendiente. Con o sin tabla alguna, el caso es que cuando Pablo y Berta observaban a Martí dormir mucho en esos primeros días no cayeron en la trampa de pensar que era dormilón. Porque sabían que no tardaría en despertarse para, después, arruinar sus noches venideras. Sabían también otras muchas cosas. Sabían que para calmar un llanto basta con mirar por la ventana. Sabían que si algo cae al suelo y se recoge rápido sigue siendo comestible. Sabían que el mejor regalo es un túper con comida de abuela y el segundo mejor, un paquete de pañales. Sabían tantas cosas que olvidaron estar en shock ante la presencia de una nueva criatura en casa.