Unos 17.000 menores viven en España en centros de acogida. Algunos se pierden, pero muchos otros logran salir adelante

1. Fue al entrar en neonatos cuando vi a la niña. Estaba sola y muy quieta dentro de su pequeña urna de plástico. Yo aún andaba asustado ante la palabra incubadora. Seguía nervioso después del parto de riesgo, con cesárea de urgencia, del que se recuperaba mi pareja en el quirófano. Esa fue la primera vez que la vi. Desde aquel mediodía de otoño, en el octubre de las lluvias, la niña sigue orbitando en algún lugar de mi interior.

Así como nuestra hija prematura, ella también estaba protegida por una incubadora; justo en la de al lado. Parecían tan iguales: menos de dos kilos, la piel translúcida, los ojos cerrados, los brazos estirados, los puños cerrados, siempre con ganas de dormir.

Parecían iguales. No lo eran.

Ella había nacido, unos días antes, bajo el síndrome de abstinencia. Nació con el mono apoderándose de su frágil cuerpo. Enganchada ya a la droga que consumía su madre durante el embarazo. En su primera noche de vida, la enfermera la tuvo abrazada horas y horas para intentar calmarla. Ja el nàixer és un gran plor. A veces dos.