En 1965, Carmen Martín Gaite contó por carta a Juan Benet un episodio sucedido a principios de 1957. Estaban hospedándose ella y su familia en un mas de Reus cuando su hija Marta cumplió siete meses. Esta era la edad en la que su primer hijo, Miguel, había muerto por meningitis. Al referirse a esa frontera de los siete meses, Carmiña hablaba así: “[Era el] límite que yo, dentro de mí, había marcado supersticiosamente como un umbral de esperanza para salir del túnel donde las advertencias y recordaciones lúgubres de Rafael me habían tenido sumida tanto tiempo”.
Dos notas sobre esta frase. Una: el miedo implícito de Carmiña a que se repitiera la historia de su hijo era irracional. Pero creer que por haber superado ese umbral de los siete meses ya todo iba a estar en orden era igualmente irracional. Carmiña sabía ambas cosas. Y, sin embargo, yo la entiendo. Y la entiendo porque pienso igual. Igual de chueco, quiero decir.
Apenas leí esa carta, me dije para mis adentros: “Mi hijo Nicolás tiene 10 meses. Está a salvo”. Y dejándome caer ya por el tobogán de aguas turbias de la superstición, hice como hacían los quillos de mi barrio, quienes, al subirse al tobogán del parque acuático se bajaban el bañador para que el culo, libre ya de la fricción de la tela y en contacto directo y armónico con el plástico liso de aquel semicilindro hueco, acelerara de manera enfervorecida la caída, en mi caso no hacia el agua sino hacia la irracionalidad total: “No solo mi hijo está ya salvado; es que superar ese umbral maldito es la garantía de que vivirá 100 años, tal vez 110, incluso puede llegar a ser la persona más longeva de la historia de la humanidad”.






