Achicharramiento total y fogones no son buena combinación. Lo que menos apetece con esta temperatura es meterse en una cocina a encender el horno o remover un risotto humeante durante dos horas (que, además, no hace falta). Así que las recetas frías y con ingredientes crudos son muy socorridas y apetecibles, solo tienen un problema: que llevan ingredientes crudos. Esto siempre es un reto para la seguridad alimentaria porque si no hay calor nos falta una de las herramientas fundamentales para destruir microorganismos y parásitos.

No desesperes, no vamos a quitarte el gazpacho ni los boquerones en vinagre, pero sí te pedimos encarecidamente que sigas algunas normas básicas para reducir los riesgos. Cada alimento tiene su truquillo y lo veremos punto por punto. Pero hay algunas reglas fundamentales que no debes saltarte sea cual sea el alimento que vayas a preparar. Salvo excepciones que se explicitan con los vegetales, toma nota de las siguientes normas: las personas que pertenezcan a grupos de riesgo –niños pequeños, mujeres embarazadas, personas mayores o pacientes inmunodeprimidos– deben evitar en general los alimentos crudos.

No dejes las sobras de un día para otro: o lo consumes, o (lamentablemente) lo tiras. Hay que encontrar el equilibrio entre riesgo y desperdicio y, con la balanza tan inclinada hacia el riesgo, lo recomendable es calcular bien las cantidades para tirar lo mínimo. No los saques de casa, no son la mejor opción para llevarte de picnic ni a la piscina porque puede ser complicado cumplir con las medidas higiénicas y mantener la refrigeración. Con esto por delante, vamos a ver cómo tratar cada alimento para jugárnosla lo menos posible.