La célebre cita de Tolstói en Anna Karenina nos advierte de que “todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su manera”. Sin embargo, en las sociedades democráticas occidentales, el descontento de las clases populares produce cada vez más una misma consecuencia: el voto para formaciones nacionalpopulistas.
Si bien la galaxia ultraderechista es heterodoxa y es por tanto necesaria cautela a la hora de establecer paralelismos y generalizaciones, es evidente que la conexión entre amplios sectores de las clases populares y estos partidos es un denominador común en una amplia geografía política.
Se vio desde el primer gran seísmo nacionalpopulista, el Brexit, en 2016. El sí al desgarro con la UE ganó por el apoyo fundamental de las clases trabajadoras de la Inglaterra profunda, que creyó que esa patada nacionalpopulista era lo mejor. Meses después, el mecanismo se reprodujo en la primera victoria de Trump, en la cual el magnate logró ganar por los pelos gracias a su decisiva penetración en segmentos descontentos de las clases trabajadoras blancas. Ocho años después, repitió la hazaña con más holgura sumando segmentos de clases populares latinas o afroamericanas. Es notorio que este mismo fenómeno se ha producido en Francia, con el partido de Le Pen, y en Alemania, donde el respaldo a AfD arraiga sobre todo en relación con la antigua parte oriental ―menos próspera que la occidental―, pero también sube en entornos desfavorecidos de la antigua república federal. Lo mismo ha ocurrido en Austria con el FPÖ.






