Con el buen regusto de El mago del Kremlin, los mediodías tórridos del verano invitaban a recuperar una de las obras anteriores de Giuliano da Empoli, Los ingenieros del caos, retrato documentado de los propagandistas de los principales líderes de la derecha extrema del planeta. El viaje literario por el “carnaval populista” que describe el autor -que continúa dando zarpazos en el poder después de acometer el Brexit, y colocar en el poder a Trump, Orban o Salvini-, recoge verdades capitales que explican nuestra política actual. Ahí va una: “Para los seguidores populistas, la veracidad de los hechos tomados uno por uno no cuenta. Lo que cuenta como cierto es el mensaje en su conjunto, que se adecúa a la experiencia y sensaciones de estos”. Ahora que nos adentramos en un nuevo curso, conviene que la clase política convencida del ejercicio del bien común interiorice las coordenadas del debate público -condicionado por las redes sociales-, para no cometer más errores que alimenten el vivero de la extrema derecha.

¿Y qué errores encadena la llamada política tradicional, que dice respetar los códigos de la institucionalidad? Episodios de corrupción al margen -que lesionan la credibilidad de los dirigentes de buena fe-, el de la batalla partidista estéril resulta muy dañino. Este verano, con media España ardiendo, ruborizaba asistir al intercambio de acusaciones entre dirigentes autonómicos y ministros enganchados al móvil por la titularidad de las competencias o la presencias y ausencias sobre el terreno. Un vodevil de vergüenza ajena que, en la piel de quien temía por la pérdida de sus pertenencias entre cenizas, escalaba a la categoría de indignación. El desgaste entre adversarios en el juego democrático no debería confundirse con la reyerta constante que degrada el servicio público. Porque aviva la desafección ciudadana, capitalizada por los ultras, dispuestos a utilizar mentiras y bulos para dopar rabia y frustración.