Hay algo de petulancia en las críticas a la cesión de la UE ante los aranceles punitivos de Donald Trump. Es cierto que aceptar que el presidente tenga la última palabra incluso tras las negociaciones de los expertos nos obliga a asumir el capricho de sus bandazos. Pero es como ceder frente a quien te va a arrollar con una apisonadora en un paso de peatones; no es una humillación, es pura sup...

ervivencia. Y desengañémonos, Trump carece de ningún mérito más allá conducir el coche más potente del planeta. Que la reunión tuviera lugar en un club de golf propiedad del mandatario en Escocia confirma que la línea entre su negocio particular y los intereses de su país es invisible. El caso más denigrante ha sido el pacto por el que los ejecutivos de Paramount decidieron indemnizarle con 16 millones de dólares a cambio de que desbloqueara una venta de la compañía que precisaba el parabién de la presidencia. Conviene, pues, recordar que los más perjudicados por ahora son los estadounidenses que ven descarrilar su democracia día a día. Por todo ello, es evidente que si los europeos queríamos ahorrarnos una guerra comercial sucia y dolorosa, no teníamos otra que tragarnos el orgullo y aceptar esa losa arancelaria y el denigrante compromiso de la compra de hidrocarburos.