La sumisión ante Trump y los titubeos en el necesario camino de mayor integración europea componen un cuadro desalentador. Puede ser revertido si se halla la voluntad política

George Orwell escribió que “si la libertad significa algo en absoluto, esto es el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”. Ese derecho está claramente bajo ataque en EE UU, donde Trump y su base popular libran una inquietante embestida contra él. Los europeos tuvimos que tragarnos en febrero en nuestro territorio la increíble perorata de J. D. Vance en la conferencia de seguridad de Múnich, que vino a decirnos que el mayor peligro para Europa no son los cañones del imperialismo ruso sino la manera en la cual, según él, suprimimos la libertad de expresión de las fuerzas nacionalistas.

Ante ello —es decir, la perpetración del abuso que sin fundamento nos adjudicaba—, ante los intentos de alborotarnos y dañarnos, ante el pisoteo del derecho internacional, y ante otros gestos admirables de la Administración Trump no solo los europeos rumiamos por lo general con mansedumbre vacuna, sino que a menudo desplegamos una encantadora y sonriente genuflexión. La adulatoria recepción de Keir Starmer al presidente de EE UU en medio de todo esto es un epítome de esa sumisión. En paralelo, cabe recordar, la escritora Sally Rooney decidió no viajar a territorio británico para recoger un premio por temor de ser detenida con razón de su apoyo a la organización Free Palestine, catalogada como terrorista en ese país.