El acuerdo arancelario Donald Trump-Ursula von der Leyen supone una severa y rotunda rendición económica y política de Europa. Y, por tanto, un pésimo servicio de la élite comunitaria —la Comisión y el Consejo— a los ciudadanos europeos, a su economía, a sus empresas y a su posición en el mundo....

Cierto es que no se trata de una rendición incondicional, ni definitiva: algunos de sus términos aún podrían revertirse (pero también empeorarse) a la hora de peinar los flecos pendientes. Cierto que lo malo podría haber sido peor (pero también mejor). Cierto que Trump no será eterno, pero la historia reciente revela cuánto cuesta remover los obstáculos proteccionistas una vez edificados, y volver a la casilla de partida de un comercio liberal y reglado.

Así que más vale no contentarse con paliativos inciertos ni hacerse trampas al solitario, contra lo que nos invita Von der Leyen afirmando que “lo hemos conseguido” (el acuerdo) “y esto es bueno, muy bueno”. Nadie quiere sentarse a la mesa de su humillación personal e institucional junto al campo de golf escocés del magnate orate: tampoco los mercados, y ni siquiera los más partidarios del pacto, como el canciller alemán Friedrich Merz, que le prestó una asténica recepción.