Los ciudadanos europeos, y el mundo entero, constataron hace una semana la debilidad de la Unión Europea en una época marcada por el recurso descarnado a la fuerza para ganar espacios de poder geopolítico. El pacto comercial firmado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, brilla como ejemplo de la fragilidad y dependencia de un bloque europeo que no está preparado para afrontar el desafío de lidiar con grandes potencias gobernadas con instintos avasalladores. Faltan muchos detalles por aclarar, pero no cabe duda de que el pacto es una claudicación política ante la coerción; la relación fundamentada en la fuerza se asume no solo sin rechistar, sino con lamentables palabras y gestos de sumisión al matón norteamericano en su propio campo de golf.

La lógica de la sumisión es doble: evitar una escalada en la guerra arancelaria y evitar un abandono en la guerra de Ucrania. La primera hubiese sido sin duda dañina; la segunda, catastrófica. Si a ello se suma la resignación de los aliados europeos de la OTAN ante la imposición de un exagerado objetivo de gasto militar, la conclusión es cristalina: Europa carece de los instrumentos y de la confianza en sí misma para la geopolítica actual. Faltan capacidades, falta cohesión política para construirlas, y falta utilizar adecuadamente las que sí hay.