La Comisión Europea ha anunciado un acuerdo con Estados Unidos en materia comercial. En lo económico, es un mal acuerdo por su asimetría. La Unión Europea acepta aranceles del 15% ―frente al 2% anterior― y sectores como el acero y aluminio afrontan cargas aún más elevadas. ¿A cambio de qué? De que el grado de extorsión no sea aún mayor.

Tampoco está claro que el acuerdo ofrezca estabilidad o predictibilidad. El presidente estadounidense es conocido por sus vaivenes y rectificaciones, y la letra pequeña de este acuerdo está aún por concretarse en ámbitos tan sensibles como el farmacéutico o el agrícola. Pero nada de esto debería sorprendernos: estaba escrito desde que la UE optó por el apaciguamiento en vez de la reciprocidad cuando Washington impuso sus aranceles el llamado “día de la liberación” en abril.

Era previsible que sin una alianza firme entre los países que representan el 87% del comercio internacional, Estados Unidos ―que representa solo el 13%― acabaría imponiendo sus términos más favorables a cada socio por separado en negociaciones bilaterales.

En el corto plazo la industria y la agricultura europeas se adaptarán y aprenderán a navegar el arancel del 15%. Les ayudará que, en términos relativos, otros grandes exportadores como Japón o China estén sujetos a condiciones similares en su acceso al mercado estadounidense. Les ayudará también que, por ahora, Estados Unidos depende en gran medida de Europa para su suministro de productos intermedios, y que la inestabilidad interna de su mercado hace poco creíble una diversificación rápida. De hecho, estos aranceles pueden terminar perjudicando más a la competitividad de la industria estadounidense que a la europea.