Europa renquea frente a los aranceles de Donald Trump. Nada de escandaleras. Los negociadores de Bruselas han combinado prudencia y firmeza en las negociaciones, para escapar de su amenaza proteccionista, sí. Aunque hayan primado posibilismo a rotundidad, la prudencia era exigible, para salvar un interés inmediato clave, el (vulnerable) superávit europeo en la balanza comercial bilateral de mercancías; y otro, de largo plazo, la apertura del comercio mundial, donde la UE es campeona.
La flojedad venía de origen: la tradicional obsecuencia de los 27 (y de la Comisión) ante EE UU. Afloró antes del último repecho negociador mediante concesiones externas a lo comercial. Cuatro, en concreto:
a) el olvido de una cuota comunitaria en la “tasa Google” a las multinacionales decidida en 2021 para cofinanciar el paquete de recuperación pandémica Next Generation;
b) la renuncia a incluirla junto a otros impuestos europeos para el paquete presupuestario septenal (2028/2034);
c) el obsequioso aplauso de Berlín, París, Roma y la Comisión al descuelgue unilateral de Washington del acuerdo en la OCDE sobre el mínimo del 15% en el impuesto de sociedades a las multinacionales: claro dumping fiscal favorable a EE UU. Y dañino para la UE (donde es exigible por directiva comunitaria). Una renuncia que para más inri de la competitividad en las empresas europeas se compensa con otro impuesto a las que facturen no ya más de 750 millones de euros, ¡sino más de 100!;






