De la debilidad y el descrédito que el presidente de EE UU ha exhibido en Davos no cabe deducir una súbita fortaleza de los europeos
Una vez más, Trump se ha echado para atrás. Ya no quiere la anexión de Groenlandia. Tampoco habrá aranceles para quienes se opusieron a sus pretensiones imperialistas. Europa ha aguantado la embestida, con
rget="_self" rel="" title="https://elpais.com/economia/2026-01-23/sell-america-las-dos-palabras-que-resumen-el-desmarque-de-los-mercados-ante-un-trump-desbocado.html" data-link-track-dtm="">la ayuda de los mercados financieros e incluso de los republicanos inquietos por el futuro de la OTAN. Nadie podrá olvidar que el presidente amenazó con invadir militarmente a un aliado, uno de los más leales y sacrificados de la Alianza. Por unos días, la muerte por asesinato de la OTAN ha ocupado la mente de todos, para máxima fruición del Kremlin.
La rectificación responde al dicho que más le hiere porque revela su naturaleza gallinácea y abusadora, que le lleva a acobardarse en cuanto alguien le planta cara: Trump always chickens out, abreviado en las siglas TACO. Pero no hay que precipitarse a cantar victoria prematuramente. Ante todo, porque no se conoce nada del acuerdo preliminar sobre Groenlandia. Y tratándose de alguien tan desquiciado, porque hay que contar con sus repentes y berrinches. Puede desmentirse en cualquier momento o ceder en un punto para apretar en otro, por ejemplo en Ucrania, en el momento decisivo para la negociación con Putin. O en Gaza, donde combina el brutalismo turístico con su delirante Junta para la Paz, mientras el alto el fuego apenas se sostiene.










